Blade Runner 2049 (2017)
09/10/2017
blade runner

¿Sueñan los humanos con parques de atracciones y fuegos artificiales? | Barranquero Maya

No son los androides quienes sueñan con ovejas eléctricas, sino los humanos, tan apegados y necesitados de la vanguardia tecnológica, sea o no necesaria y/o accesible, aporte sentido o mera estética. La maldición que subyace bajo este afán tecnológico bien puede haberle caído encima al bueno, según prestigio tiene, de Denis Villeneuve ( ‘La llegada’, ‘Sicario’, ‘Enemy ’, ‘Prisioneros’, ‘Incendies’), en esta segunda parte de la inolvidable Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pues ha pasado por alto su potente aunque nada compleja vertiente filosófica con una grandilocuencia tecnológica que demasiadas veces desconcierta y cansa, especialmente por esas más de dos horas y media de duración que se tornan innecesarias. Todo era bastante más sencillo. Solo había que enamorar. Pero para lo cual, Villeneuve usó toda la artillería efectista.

Con menos, en la Blade Runner de 2019 era difícil no viajar asombrado en aquel vuelo flotante sobre una ciudad sin límites repleta de luces, de rayos y explosiones, surcada por atronadores aparatos voladores, mientras se acercaban unas majestuosas edificaciones piramidales, empedradas de más y más luces, de preciosos destellos, viaje interrumpido por la presencia de un ojo, también el nuestro, espejo de aquel mundo extraño que palpitaba energía y oscuridad, y todo enfatizado a niveles místicos por la melodía orgánica, metálica, embriagadora de Vangelis, que junto a las imágenes conformaban un presente fastuoso. Difícil mejor comienzo.

También era complicado no sentirse subyugado por esa oda a la vida humana a través de la envidia del replicante sobre nuestros sentimientos y emociones, y por esa insoportable levedad del ser que provoca la posibilidad de morir que destilaba el discurso final de Roy Batty (Rutger Hauer), y que no consiguió perderse como lágrimas en la lluvia, aunque él se rindiera ante la amenaza del malo más malos de todos los tiempos: el propio tiempo.

Y por supuesto sigue siendo difícil olvidar la espectral conexión sentimental entre Rick Deckard (Harrison Ford) y la replicante Rachael (Sean Young), sensualmente potenciada por el ritmo melancólico del saxo de Dick Morrissey, así como otras escenas cuya mera plasticidad quedó almacenada en la retina del gran ojo cinematográfico (la muerte del primer replicante es inquietantemente hermosa) y su misterio neo-noir como nebulosa seductora en la conciencia que lo sostiene.

Y digo que es difícil pero no imposible, habida cuenta la película no fue un éxito comercial tras su estreno en cine, pero a estas alturas esto es difícil que sorprenda. También es difícil que esto pase con esta nueva historia. Posiblemente pase al revés, y que la película de Villeneuve tenga más éxito inmediato que prestigio histórico. Aunque las primeras noticias no auguran un impacto taquillero como se podría esperar, y los buenos juicios existentes están obnubilados por su parafernalia visual, un conjunto de imágenes que no encuentran apoyo vital para perpetuarse más allá de su estallido como fuegos artificiales. Al menos Villeneuve no es el responsable de haber cercenado buena parte del encanto de la novela de Philip K. Dick.

No hay que olvidar que Blade Runner (Ridley Scott,1982) se dejó atrás elementos trascendentales de la novela como la presencia de la religión o de la televisión, es decir, el poder sobre la masa; o la imperiosa adicción a falsear/provocar los sentimientos a través de la tecnología, así como un trauma más explícito en su personaje principal, ausencias que pudieron decepcionar al amante de la novela, y que añadidas a las aportaciones de los guionistas David Webb Peoples y Hampton Fancher, como el ya mencionado final (con la inestimable colaboración de Rutger Hauer), o la aniquilación del padre (creador) por parte del replicante, hubieran dado un resultado mucho más osado.

Ahora, la osadía de Villeneuve es especialmente estética y sonora, colosal y apabullantemente estética y sonora, la cual, aunque ya estamos en 2017 y hemos visto y escuchado mucho, consigue transmitir ese misticismo fantástico, pero solo en los primeros vuelos, porque tras el transcurso de un irregular metraje, con el desarrollo de escenas prescindibles, con la profusión de monólogos y frases forzadamente trascendentes que encorsetan la trama, con la existencia de escenas que simplemente no funcionan (ridícula la pelea entre Ford y Gosling con un Elvis interrumpiendo estridentemente), y con el uso de los también ridículos flashbacks, consigue perder el rastro del que partía y rondar peligrosas sendas del peor cine de ciencia ficción.

Y tampoco Gosling es Ford en aquellos años en los que le tocó ser blade runner. Quizás sea porque Ryan hace de un replicante explícito, pero su falta de carisma es al menos notable. También le ocurre a la cubana Ana de Armas, lejos del encanto de Sean Young, quien desprendió una sensualidad magnética sin su sexualización explícita. Tampoco hay que desdeñar el trabajo de Ana de Armas por ello, por supuesto. La cubana le ha dado dignidad a un personaje mal configurado desde el inicio, frustrándose así la emocionalidad de la historia de amor.

Y por supuesto, el resto de replicantes no están a la altura de Rutger Hauer y Daryl Hannah. Incluso el bueno de Jared Leto queda ridiculizado en su personaje de malo malísimo. Claro que puede ser injusto valorar el trabajo de los actores por comparación, pero lo cierto es que no transmiten, ya sea por omisión u ofuscación, el magnetismo necesario para pasar a la más breve posteridad. La gloria podrá quedar para el director de fotografía, de sonido, y los responsables de los efectos digitales.

Y es que aquí la trascendencia se apunta con trazo demasiado fino. Para sentirla entre tantos destellos y reverberaciones, más allá del concepto que guarden ciertas imágenes, hay que bizquear y aguzar el oído. Se pueden percibir temas como la importancia de la identidad, de los recuerdos y una de las razones de ser de esta posible saga, la reflexión sobre lo que nos hace humanos, algo ya abordado en la primera parte. También tiene presencia la opresión social y la búsqueda de la libertad a través de la ruptura del statu quo, cuyo camino, en esta ocasión, como en tantas otras, lo abre lo milagroso, lo mesiánico. ¿Camino hacia el dios de los replicantes? Hay que ver cómo avanza esa vida que se abre paso en un mundo de riguroso orden tecnológico. Y es que si en la Blade Runner de los años ochenta la muerte, su conciencia, impedía al replicante seguir con su existencia, aquí es la vida, su impronta natural, la que alienta el mañana. Tan simple como eso.

Así pues, y a pesar de sus más de dos horas y media, sobre ese mañana, visto lo visto, aún quedan cosas por decir. Así que quizás no haya que esperar otros 35 años para ver replicantes. La senda, eso sí, ha cogido otra impronta. Y será esa impronta la que acabará con ella, porque es la impronta dominante. Y al igual que con Alien, Star Wars o Terminator, Blade Runner tampoco será inmune al proceso de descomposición, que cual óxido del tiempo, le provoque la industria a su recuerdo. Quizás dentro de poco falso. Un implante en todos nosotros.

Estados Unidos, 2017. Dirección: Denis Villeneuve. Guion: Hampton Fancher, Michael Green. Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista. Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch. Fotografía: Roger Deakins. Duración: 163 minutos.

Valoración: **

Sobresaliente | *****
Notable | ****
Buena | ***
Entretenida | **
Fallida| *
Perniciosa| ●

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