Feliz Año Nuevo
06/09/2017

Se ponga como se pongan Agustín Bravo con la capa o la Pedroche y sus transparencias, el año no empieza con las campanadas, sino ese fatídico primero de septiembre en el que se abandona el sueño estival, aunque te estés achicharrando con cuarenta grados a la sombra.

Este año, con eso de caer en viernes presenta la ventaja de que la pesadilla ha durado lo justo para empezar el finde y hacerse el cuerpo, aunque al final el trauma ha sido el mismo, pero diferido en dos actos…

Y con el año nuevo, aunque no cambie el ejercicio fiscal ni el color de la agenda de sobremesa, lo cierto es que surgen de nuevo los propósitos para hacer nuestra vida cotidiana más amena y satisfactoria, nuestras mentes más lúcidas y formadas, nuestros cuerpos más tonificados y nuestra cartera más fornida… y hasta de encontrar aparcamiento en la puerta de casa en menos de veinticinco minutos, que quizás sea lo menos previsible.

En principio, no deja de ser un efectivo –y un tanto patético- intento de autoengaño que nos hace sentir que el retorno a la vida normal aportará nuevas y refrescantes perspectivas que nos alivien el tedio de la vuelta al tajo, los colegios, los madrugones y la depresión de las tardes cortas. El ser humano es más simple y previsible de lo que parece, y el palo con la zanahoria sigue siendo un eficaz medio de motivarlo, hasta en las situaciones menos estimulantes…

Así que aquí estamos, dispuestos a hacer dieta sana y apuntarnos al gimnasio para quitarnos las lorzas de la siesta y el condumio cervecero, sacarnos el C1 de Inglés y una pizquilla de catalán (por si acaso), gastar menos y mejor y –si es posible- pedir un aumento de sueldo y una reducción de jornada por aquello de la conciliación. Y ya de paso, buscarnos unas clases de yoga y meditación para sofocar el estrés postvacacional. Será por pedir…

Al final, todo torna en ese eterno deja vù del retorno a lo de siempre, pero peor, porque las expectativas de unas nuevas vacaciones se antojan demasiado lejanas para ceder siquiera un ápice a la esperanza. Así que aquí me tienen, haciendo un ejercicio de terapia de autoayuda, vomitando estas líneas para compartir mis angustias, pese a que mis vacaciones han sido las propias de cualquier autónomo… una chufla… Porque a pesar de andar currando como un mono para pagar los gastos fijos del mes -que no te condonan aunque no ingreses un pavo-, era bello ver por las redes sociales a tanta gente disfrutar de sus viajes de playa, campo, montaña e interior… y sobre todo, poder coger mesa en cualquier bar de tapas sin hacer cola como si regalaran la papas bravas.

Pero septiembre llegó, los veraneantes volvieron (menos los afortunados que se van ahora, saliéndoles más barato y refregándolo por los morros a los retornados), la vida sigue… y el año efectivo empieza como empieza siempre: con los gastos de la vuelta al cole, las inevitables subidas de precios, las pilas presuntamente cargadas de energía y la mala uva del despertador recordando las obligaciones de ordinario.

Encima, este año se han empeñado en amenizarnos la vuelta con un referéndum soberanista en esa Cataluña que, sin duda, tiene mayores urgencias que la de servir de pasto a tanto ganado político soberanista ansioso de hincarle el diente a sus brotes verdes.

Pero no se preocupen, que el trauma pasa pronto. Es lo que tiene la cotidianedidad, que lo fagocita todo en un santiamén, y, de repente, las vacaciones estivales se alejan como un agradable y efímero sueño, y en nada estamos desenredando las luces de Navidad para que no nos coja el toro.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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