Los exiliados románticos (2015)
22/09/2015

La educación lúdico – sentimental de Jonás Trueba | Barranquero Maya

Quedan pocos como Jonás Trueba, si es que quedan algunos. Con sus aires de joven (más de lo que aparenta aunque menos por cómo se expresa) a veces despistado a veces alucinado aunque siempre con una serenidad que transmite una convicción contagiosa, envidiable, Jonás parece venir con la lección bien aprendida de un pasado lejano cual Marty McFly, para demostrarnos (recordarnos) como de fina es la línea que separa el cine de la literatura de la vida y por tanto de nosotros mismos. Un pasado cuya esencia francesa de la ya “Vieja Ola” es la que mejor puede ilustrar la naturaleza de sus pretensiones formales y conceptuales, aunque no la única, debido a la suerte de riqueza cultural que manifiesta y en la que ha podido influir su propio linaje.

Quizás desgraciadamente el cine de Jonás huela a viejo, huela a derrota no asumida (y por lo tanto a victoria no reconocida), huela a dignidad imperturbable, como si él fuera el único que se hubiera dignado a volver al campo de batalla a dar su particular entierro digno a los muertos para seguir peleando, aunque ya ni el enemigo repare en la batalla. Y ahí, a su edad, apestando a Renoir, a Éric Rohmer, a François Truffaut, a Jean-Luc Godard, a Eustache, a Rivette, y a más caballeros caídos con un pie en el pasado y otro en la utopía, desarrolla su presente, un presente de nostalgia luminosa, de candidez inspiradora, a través del cual traza su propio camino que a veces sigue sendas ya asfaltadas por itinerarios convencionales, ‘Todas las canciones hablan de mí’, y otras surca campo a través brincando con la frivolidad del mochilero, con la tranquilidad de quien tiene toda la vida para jugar, para viajar, (Los ilusos‘, ‘Los exiliados románticos’), pues él, Jonás, verdaderamente no parece hacer cine, sino rodar vida, una vida de cine, por supuesto, y de sueño, por supuesto también, pues sin lo uno no hay lo otro, pero vida al fin y al cabo.

Donde cayeron yacientes las corrientes vanguardistas generadas a golpes de osadía, sentimiento y juego, crece hierba como Jonás Trueba, a quien quizás aún le falte valor para tomarse en serio e ir más allá de sus lúdicas aventuras como ésta su última ‘Los exiliados románticos’, sugerente y emotivo divertimento si uno consigue enamorarse de lo que expone, si uno consigue prenderse de su educación sentimental, lo cual es sencillo si uno está hecho de su misma sustancia, inflamable bajo condiciones de literatura, sentimiento y delirio. Es lo que tienen los mal llamados pretenciosos, que no dejan de hablar y hablar y hablar y parafrasear y filosofar durante todo el metraje, luego resulta difícil no esperar de ellos la luna prometida.

Su ‘Todas las canciones hablan de mí’ así lo hacía ver a través de una historia sencilla, todas sus historias lo son, sobre un chico tras romper con su chica. Primera muestra de que Jonás está imbuido por espíritus añejos ebrios de melancolía y literatura y una dinámica cinematográfica inquieta, que empezaba a desatarse. Lo extraordinario de la cotidianidad de las relaciones sentimentales se expresaba entre amigos, entre bares, entre risas, pero también entre libros, entre citas, entre dimes y diretes de Carmen Martín Gaite o Alejandra Pizarnik, con una necesidad de trascender la imagen para resultar algo así como un poema en el que el amor sentimental reina como exterminador de utopías, como único paradigma de la pragmática que puede garantizar la felicidad.

Pero para poema, su segunda película, ‘Los ilusos’.

‘Los ilusos’ es como ponerse a hacer cine sin red. Un, “y ahora sin manos”, en toda regla. Como saberse cine y ponerse a ello con cuatro ideas como puntos cardinales. Pues para qué desarrollar un guión y planificar las escenas, los diálogos, si el cine desborda en sí mismo. Así que luces, cámara y acción. Sin más. Y así, más que una película un poema, es decir, una obra embaucadora por alguna extraña e hipnótica razón, que tiene que ver más con lo orgánico que con lo racional, con lo ambiental que con lo argumental, cuyo encanto va más allá de un arranque desconcertante, (todos los suyos pueden llegar a serlo), de charlas, juegos y risas de amigos de fiesta que se sienten ajenas, chanzas de gente joven del cine en plena lucha cotidiana por la existencia, que se mezclan y remezclan con la trastienda cinematográfica, con la cámara, con la claqueta, con las órdenes del director, con las pruebas de sonido, que se viven como ecos, reflejos de otro mundo, la cara oculta de la luna prometida o de la luna que promete y que no está tan lejos, porque todo resulta lo mismo, actores y personajes, cine y vida, para acabar desenredándose el garabato (lejos está por supuesto de ser una obra redonda) en una sencilla historia de chico conoce a chica, y qué chica, capaz ella sola de desintegrar toda la energía poética de la obra para reinar con la suya propia, avasalladora desde el primer plano, pero que se somete al ecosistema expositivo en el que el cine tira de la literatura que tira de la vida que tira del cine porque en toda esa concatenación cultural y sentimental, ella es más poesía, y todos somos más personas y personajes.

‘Los ilusos’ tiene el encanto de los poemas instintivos, espontáneos, poemas a golpe de inspiración, de azar, que deja un enorme pozo de optimista nostalgia a través de un sentimiento de pertenencia a una educación de vida muy vinculada al cine puro y duro, pero también a la literatura, a la poesía, al sentimiento artístico en definitiva y a la vida en la que crece, y que aunque parece moribunda, cuando late, late con más fuerza que ninguna, pues se hace sentir con la originalidad orgánica de la verdad que no depende de soportes, ni de recursos, ni de modas, sino solo de sentimientos y de experiencias de vida. Es así como el cine adquiere las virtudes de la poesía, por mucho que Jonás a lo que se dedica por el momento es a jugar.

Y jugando Jonás ahora le da por viajar con sus ‘exiliados románticos’, también tirando de la intuición y de la espontaneidad del instinto creativo para la concepción y gestación de la historia, exudando así el viaje de tres jóvenes hacia un pasado ideal con la intuición de que puede llegar a ser la consecución de ese sueño que toda juventud idealista siempre cree que está por llegar, aunque la juventud se acaba, y quizás lo mejor se dejó pasar, de ahí la sensación de última oportunidad, de ahí la obstinación ingenua por aprehenderlo, así como el miedo a perderlo y también a conseguirlo. Todo por culpa de ese estado orgánico de atolondramiento que es la juventud cuando comienza a percibirse frágil, en ruinas, cuando comienza a dejar a la intemperie sueños que se hacen pesadillas.

los exiliados2

En ese tiempo uno tiende a salir corriendo con lo puesto, otros a resguardarse con lo adquirido, y otros simplemente se colapsan. Estos jóvenes especie de expedición de últimos románticos, decidieron viajar al pasado para aferrarse, con mayor o menor decisión, a su particular ideal representado en la figura de tres mujeres que por el contrario viven en su propia búsqueda hacia adelante, como si ya hubieran encontrado su propio camino y no tuvieran porqué mirar hacia atrás.

Historia así de contrastes de madurez, entre mujeres que parecen saber lo que quieren y hombres a quienes se les empieza a acabar el juego del deshoje de margaritas, historia cuyo desconcierto inicial provocado por personajes que no llegan a dilucidarse, de bromas y risas no esbozadas sino sugeridas y que por tanto se sienten privadas, al margen del espectador, va fraguando un ambiente agradable a través de un tempo muy “rohmeriano“, (Jonás sería un gran director de sueños), que lleva plácidamente por parajes sobre los que se desarrollan diálogos que desafían embaucando a través de la cotidianeidad de quien sueña en vida, vive en sueños y de la literatura que los alimenta.

Y así, mientras comen, pueden llegar a recitar a Natalia Ginzburg para hablar de la educación de los hijos que no tienen, pueden hablar de la emigración económica y de sus semejanzas hoy en día con el exilio político, pueden invocar la importancia de la vocación. Y así, mientras viven, tratan de aferrarse con mayor o menor éxito a aquello que les da la vida. Es lo que aparenta Jonás Trueba, que filma tal y como vive o quisiera vivir, que vive tal y como filma o quisiera filmar, es difícil a veces discernir la realidad entre tanto sueño y sueño entre tanta realidad, ya que aquí incluso se mezclan hasta los propios del que mira, vive y sueña, dejando cierta duda de ilusión. Sea como sea es ahí donde Jonás tiene apariencia de gran autor, de todo un poeta. Dejémosle jugar mientras se convence de ello. Quizás sea el último.

España, 2015. Dirección y guión: Jonás Trueba. Reparto: Vito Sanz, Francesco Carril, Luis E. Parés y Renata Antonante. Fotografía: Santiago Racaj. Música: Tulsa. Duración: 70 min.

Valoración: ****

Sobresaliente | *****
Notable | ****
Buena | ***
Entretenida | **
Fallida| *
Perniciosa| ●

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

ERROR: si-captcha.php plugin: GD image support not detected in PHP!

Contact your web host and ask them to enable GD image support for PHP.

ERROR: si-captcha.php plugin: imagepng function not detected in PHP!

Contact your web host and ask them to enable imagepng for PHP.