Madrugá Borroka
19/04/2017

Era demasiado bonito: una Semana Santa plena, con una climatología excepcional para la venta de granizadas y helados, sin incidentes reseñables más que el de las consecuencias para los cuerpos serranos del calor reinante. Los padecimientos ya crónicos de la Fiesta, tales como las acampadas de sillas e incluso toallas en zonas de paso, los incómodos y frecuentemente inexplicados aforamientos, el cangrejerío en alegre tertulia ante los pasos, y otras patologías aparentemente imposibles de erradicar, se asumían como el molesto peaje inevitable para disfrutar de las cofradías en tan anticiclónico contexto.

Pero todo se rompió al filo de las cuatro de la mañana de la Madrugada del Viernes Santo, cuando -de forma extrañamente simultánea- estallaron todas las costuras del delicado equilibrio en el que se mueve una celebración tan hermosamente multitudinaria y sólida en sus cimientos sociológicos como frágil y vulnerable en su expresión en la calle.

Las estampas del desastre en que se sumió la “noche más hermosa” han abierto los noticiarios allende las fronteras, poniendo en la picota la proyección externa de nuestra Ciudad, ante unos hechos que solo aquí parece que no queremos interpretar como un ataque premeditado –y probablemente organizado- contra una expresión esencialmente religiosa, pero también cultural y ciudadana. Lo de los “actos vandálicos puntuales e inconexos que propiciaron un efecto dominó” se queda para la visión y la versión local, y los efectos en la imagen de Sevilla en un mundo mucho más globalizado que el del año 2000 están por ver. Seguro que no nos sale gratis, y -desde luego- no les ha salido gratis a quienes tuvieron lesiones de diferente consideración ni a quienes se han visto traumatizados por lo vivido y se van a pensar muy mucho volver a pisar la Madrugá antes de la amanecida.

Los males de la Madrugada del Viernes Santo no son nuevos. Históricamente ha sido una jornada complicada, que provocaba habituales medidas restrictivas por parte de autoridades civiles y eclesiásticas ante los frecuentes incidentes que se daban en tan oscuras horas. Sin irse tan lejos, en épocas recientes, cualquiera que roce la cincuentena recordará las advertencias de nuestros padres cuando, siendo adolescentes, a regañadientes nos dejaban salir en tan señalada noche, con advertencias expresas sobre los excesos de algunos elementos o la conflictividad de determinadas zonas.

Pero lo de este año ha roto todos los límites: ni CECOP, ni aforamientos, ni vallas, ni la importante presencia policial han servido para evitar sucesos –como mínimo- tan graves como los del último año de la centuria pasada. Probablemente porque se sigue sin diagnosticar acertadamente el problema desde que se corriera un tupido velo sobre la madre de todas las “carreritas”, generando una sensación de inseguridad y miedo permanente en la ciudadanía ante lo desconocido.

Se ha hablado mucho de los elementos coadyuvantes: la pérdida de la educación ciudadana, el civismo, el respeto por nuestras tradiciones y por nuestros vecinos y, sin duda, el pánico latente a la amenaza terrorista. Pero todo eso se daba de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección sin que se produjera la debacle.

Esa pérdida de valores imprescindibles, cuando en la calle se congregan miles de personas con muy diversas motivaciones, tiene un peso indudable: los consentidos campamentos montados en medio de la vía pública, las infranqueables murallas de sillas, la ingesta de alcohol… Agravado todo ello por la irrupción de un determinado tipo de público que ocupa el lugar de ese otro que –sin sitio en la Carrera Oficial y ante las dificultades de la noche- se reserva para la bendita mañana en la que la luz parece espantar a los fantasmas.

Pero a pesar de todo –porque todo ese se ha dado en otros años donde no ha habido incidentes- hay que pensar en un catalizador. Cuesta mucho pensar que tal desastre pudiera desencadenarse, en la forma que ha ocurrido, por elementos menores, puntuales o inconexos. Cuesta demasiado volver a tragarse el sapo que nos tragamos en 2000 de que el peligroso follón lo pudo montar un desgraciado con un cuchillo de cocina. Y volver a cerrar en falso la tramenda herida abierta en la confianza de todos los sevillanos es poner en bandeja el próximo brote, de lo que desde muchos foros se califica ya como “terrorismo callejero”, de imprevisibles consecuencias.

Le toca ahora a las autoridades competentes tomar medidas, adecuadas y proporcionadas, que vayan más allá de regular con desigual acierto aspectos relativos a la movilidad y la accesibilidad, tan cuestionadas en estos dos años. Y, sobre todo, nada de carta blanca para nadie –como se ha podido leer por ahí- sino racionalidad, proporcionalidad, mesura y eficacia para no alimentar el terror que otros están dispuestos a inducir, y salvar la esencia de una celebración que, si ha pervivido medio milenio ha sido por la implicación de la ciudadanía en ella.

Lo decía Chaves Nogales en los años 20: “la Semana Santa no es obra ni de los curas ni de los gobernantes, sino de los cofrades, de una organización netamente popular que ha estado siempre en pugna con los poderes establecidos”.

Por eso, sin duda, la forma más rápida de cargársela sería alejarla del pueblo, así que tomen nota a la hora de tomar las “medidas drásticas” anunciadas, no sea peor el remedio que la enfermedad.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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