Pájaros en Tierra
11/07/2018

Ya tenemos sobre la mesa el tradicional conflicto aéreo que cada verano alegra el viaje y saca de la monotonía a unas cuantas decenas de miles de desafortunados pasajeros. En esta ocasión son los tripulantes de cabina de la siempre controvertida Ryanair los que irán a la huelga los días 25 y 26 de julio si la Virgen del Loreto o la negociación sindical no lo remedian, todo ello en demanda de mejoras en sus condiciones laborales y de que no se les apliquen las condiciones irlandesas de la compañía.

Y como pueden entender, tratándose de los días señalaítos de la Velá de Santiago y la Señá Santana, en los que el personal anda jalando por las vacaciones, van a ser muchos los damnificados por los retrasos y cancelaciones que esta muy legítima reivindicación laboral va a provocar. Se habla de una cantidad superior a los doscientos treinta mil usuarios los que pueden andar jurando en arameo sobre su fortuna por aeropuertos de media Europa.

La cuestión es ver cómo va a actuar la empresa, porque lo primero que hay que decir –como ya se ha encargado de advertir la OCU- es que las huelgas programadas no pueden ser consideradas como causa de fuerza mayor eximente de la obligación de las compañías de indemnizar automáticamente en los casos de retrasos de importancia o de cancelaciones de vuelos. Ni siquiera las huelgas salvajes, esas que se hacen sin previo aviso ni legal convocatoria (acuérdense de las de controladores de hace unos años), son per se una causa de fuerza mayor imprevisible o inevitable, como ya ha reconocido el Tribunal de Justicia Europeo, ni liberan a las aerolíneas de sus obligaciones para con los pasajeros.

Así que ojito, que esas demoras y suspensiones de vuelo le pueden salir por un ojo de la cara a la compañía si no empieza a articular las medidas para que la afección sobre los usuarios –rehenes de todas estas contingencias- sean las mínimas posibles. Tiempo hay aún para planificar esta circunstancia y prevenir a los pasajeros, incluso ofreciéndoles la posibilidad de cancelar sus billetes sin costes y compensándoles de algún modo, ante la posibilidad de que su inicio o fin de vacaciones se convierta en una pesadilla.

De hecho, la normativa prevé supuestos en los que la compañía no tendría que indemnizar, sino solo devolver el billete, siempre que se haya informado de la cancelación con antelación suficiente (con más de 14 días de antelación, o entre 7 y 14 días de antelación si no te ofrecen transporte alternativo para salir con no más de 2 horas de antelación a la hora prevista y te permita llegar a destino con menos de 4 horas de retraso respecto a lo previsto) o que se demuestre que la incidencia se debió a “circunstancias excepcionales”, que con una huelga programada con cuatro semanas de antelación es evidente que no se dan.

Hay que recordar que en retrasos de más de dos horas, las compañías tienen que prestar asistencia a los pasajeros, proporcional a la duración del mismo, que van desde refrescos y medios de comunicación hasta alojamiento y manutención si las circunstancias obligan a pernoctar.

Además, hay una serie de indemnizaciones que se devengan automáticamente por el mero hecho del retraso y que están en función del tiempo de demora, la distancia a recorrer y los medios alternativos ofrecidos. A partir de cuatro horas de retraso, el pasajero está en su derecho de exigir la devolución del pasaje además de la indemnización que le corresponda, sin tener que aceptar otros transportes sustitutivos. Esas indemnizaciones a exigir oscilan entre los doscientos cincuenta y los seiscientos euros y se establecen sin menoscabo de otros daños y perjuicios cuya indemnización pudiera reclamarse si se acreditara la culpa o negligencia del operador aéreo.

En cualquier caso, si usted tiene un billete de la compañía para esas fechas, no deje de exigir información a la misma, preferentemente por escrito, a través del correo electrónico, ármese de paciencia y, en cualquier caso, que la Reina de la Costanilla le ampare.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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