Pánico en la Red
17/05/2017

El reciente ataque contra grandes empresas mundiales, entre ellas la superprotegida Telefónica, mediante virus encriptadores-secuestradores de archivos, ha puesto de manifiesto que en la Red no se está seguro ni con una escolta de armaos al mando de “El Pelao”, versión on-line.

Desde empresas de telecomunicaciones a hospitales, y vaya usted a saber –porque no lo van a contar- si organismos gubernamentales y hasta sistemas de seguridad y defensa, se han visto afectados por unos ingeniosos y muy leídos hackers, capaces de poner patas arriba el funcionamiento de medio mundo con un carísimo click.

Lo chungo de estas cosas no es ya el desavío que provoca, que es bien gordo, sino la sensación de absoluta vulnerabilidad/fragilidad que transmite sobre los sistemas informáticos de los que depende nuestra actividad cotidiana, nuestra economía, nuestra seguridad y hasta nuestra salud.

Y es que, en el fondo, la Red es un campo sin vallar. Vayan a contárselo a Miss Hillary Clinton o al recién elegido presidente de la República Francesa, Macron (mira que tener nombre de ex-marca de ropa der Beti), que han visto lo fácil que es montarle un cisco en plena campaña electoral. Si a potenciales gobernantes de países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU con acceso a botones nucleares les pueden hackear sus cuentas de correos, ¿hay alguien que se pueda ir a la cama tranquilo pensando en sus contratos de banca electrónica, sus redes sociales o su propios ordenadores controlados –webcam y micros incluidos- desde la distancia e impunidad de un pirata digital?

Esto sin hablar del reguero de errores y malentendidos personales, políticos y estratégicos que van dejando los whatsapps, sms, chats y demás mensajes electrónicos que afloran –para bien de las instrucciones penales, dicho sea de paso- en los cotidianos casos de corrupción política e institucional, dejando con el culete al aire al más ducho y estirado de nuestros pringados próceres.

Si lo piensan mucho, entran ganas de cambiar el portátil por una Olivetti Lettera de jierro, sin papel carbón –por supuesto-, y el móvil por dos vasos de lata y una cuerda.

Las tecnologías de la Sociedad de la Información, que tanto nos han ayudado al desarrollo, también han dejado nuestras intimidades, secretos y vergüenzas más expuestos que un escaparate de la calle Tetuán esquina a Rioja, por no hablar del riesgo para nuestras tareas más cotidianas si nuestras más elementales herramientas se ven secuestradas o inhabilitadas. De hecho, los trabajadores de Telefónica empezaron el puente madrileño antes de tiempo por mor del bloqueo de sus equipos (la guasa de los corsarios, de hacerlo un viernes a media mañana).

En plena feria y en la persona de un ser querido he vivido la experiencia de la pérdida/sustracción de un móvil en medio del Real, y el uso fraudulento de sus redes sociales por alguien que tampoco tenía pinta de ser ningún figura en esto del jakeo, pero que no tuvo el más mínimo problema en conectarse con cuenta ajena pese al patrón de entrada y la contraseña del antivirus. Al presentar la denuncia, con cierto bochorno y sentimiento de culpa por no ser más diligentes y precavidos, el agente de la comisaría nos disculpaba diciendo que era absolutamente normal nuestro asumido y autoimputado exceso de confianza y que, además, poco importaban las precauciones si el dispositivo caía en manos siniestramente avezadas.

El tema está para cogérsela con papel de fumar, andar cambiando contraseñas a diario, hacer muchas gestiones a mano y pluma, tener copia de seguridad hasta de los vales del supermercado y volver a quedar a tomar café para charlar con los amigos en lugar de tanto chat y mensajería instantánea… y ni así, ya que nuestra vidas se han convertido en un montón de megabytes de datos en multitud de servidores públicos y privados, absolutamente vulnerables frente a quién quiera tomarlos, vaya usted a saber para qué.

¿O usted se para a leer las advertencias y autorizaciones de las webs en las que entra antes de aceptarlas…? pues el medio mundo restante que tiene acceso a Internet, tampoco.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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