Petardazos Navideños
03/01/2018

Si hay algo que personalmente aborrezco en estas fechas es la facilidad con la que cualquier descerebrado te puede sacar el corazón del pecho con un zambombazo destemplado. Y no con una zambomba de las que ponen flamenco son navideño a los barrios jerezanos, sino con un artefacto del demonio, diseñado con la única insana intención de destrozar tu tranquilidad y proporcionar una psicópata diversión.

Dicen que este gusto por el ruido y la pólvora es propio de la cultura mediterránea y herencia de nuestro pasado musulmán. Digo yo que nos podíamos haber quedado con la herencia puramente cultural y no con semejante perversión de los sentidos, igual que tampoco hemos perpetuado otras prácticas afortunadamente superadas por la civilización occidental.

Lo cierto es que un servidor cada vez le coge menos el matiz histórico-cultural al antojo de cualquier gracioso de reventarnos los tímpanos y atacarnos los nervios a base de pólvora. Si a eso le sumamos que todos los años nos encontramos en la crónica de sucesos con alguna desgracia provocada por tan escandaloso y enervante divertimento, pues la verdad es que tampoco se le encuentra fácilmente la gracia.

Aunque lo que de verdad llama la atención es que la estruendosa práctica está rigurosamente prohibida por las ordenanzas municipales, que exigen autorizaciones administrativas para detonar pirotecnia en la vía pública. Esto además de la exhaustiva reglamentación estatal que establece las condiciones de almacenamiento, venta y uso de estos artefactos según su potencia y peligrosidad, que deja meridianamente claro que la artillería es cosa de las fuerzas armadas.

Huelga decir que probablemente esa sea la única ordenanza municipal que se incumple con idéntico descaro que la que prohíbe a los dueños de los perritos dejar que sus canes defequen en la calle. Algunas otras normas hay de similar inobservancia, y si no que se lo pregunten a vecinos que soportan botellonas callejeras y similares, porque lo que está claro es que normalmente las normas sistemáticamente ignoradas son aquellas que hacen referencia al bienestar común y la convivencia. Falta de civismo, también al mediterráneo modo, que esto es mú nuestro… otra herencia cultural de vaya usted a saber quién.

Vamos, que determinadas reglas se ponen para que no las cumpla ni el Tato…y –como diría el maestro Burgos- aquí no passsssa nada. Y como no pasa nada, pues pasa lo que pasa –que ya es paradoja-, que cuando no es un niño el que pierde una mano es un adulto el que pierde un ojo o un cristiano el que pierde la cordura, que no hay nada más malo para la templanza que una explosión salvaje a tu verita, de esas que te hacen sentir que vives en un barrio de Mosul.

Y de los bazares y quioscos convertidos en improvisados, ilegales e inseguros polvorines, ni hablamos, pese a que cada vez –también hay que reconocerlo y agradecerlo- son más las inspecciones e intervenciones de las policías locales para incautar los descomunales y rentables arsenales prestos a dispensarse de modo indiscriminado. Desgraciadamente, muchas de ellas son ordenadas después de que alguna previsible y evitable tragedia nos recuerde que la solución está en la mano de quién puede aplicarla.

Aun así, está claro que nos quedamos cortos, y para ello solo hay que darse una vueltecita por los barrios sevillanos, de sobresalto en sobresalto, o mejor preguntarle a las familias con personas enfermas o animales domésticos en la casa. La tortura en estas fechas –supuestamente entrañables- supera lo soportable, y, si bien es cierto que no es posible poner un policía detrás de cualquier demente aspirante a artificiero, si que habría que ponerse serios –pero de verdad-, tanto con la venta como con el uso indiscriminado, para no tener que lamentarlo todos los años.

Afortunadamente, va quedando menos para que pase la tortura, con permiso de cabalgatas de barrio, procesiones de gloria y salidas rocieras… Que ya saldrá algún enterao diciendo que son cosas de nuestra peculiar idiosincrasia y que al que no le guste se vaya a vivir a Copenhague.

Y es que en el fondo, tenemos lo que nos merecemos.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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