Plastificando el Planeta
27/06/2018

Que estamos acabando con nuestro planeta es algo que, desde hace décadas, tenemos interiorizado sin que –más allá de algunas medidas cosméticas- parezcamos ser capaces de tomarnos en serio el futuro. Ni de nuestra especie, ni del resto de las especies.

Dos noticias –desgraciadamente reiterativas- han vuelto a poner el acento en la excelsa capacidad humana para destrozar su medio natural, sea a nivel doméstico, sea a nivel global.

Dos recientes estudios realizados por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) han puesto de manifiesto dos graves problemas ambientales determinados por los hábitos de vida y consumo, y que inciden de forma directa sobre nuestro entorno a diferentes niveles.

El primero de ellos resulta tan terrorífico que han llegado a tratarlo en Cuarto Milenio como algo de lo que deberíamos asustarnos mucho más que de los fenómenos paranormales e inexplicables que suelen ser objeto de dicho programa.

La presencia de residuos plásticos en los mares es ya absolutamente insostenible. Y no porque se hayan conformado islas del tamaño de países de esos plásticos en los océanos, arrasando la vida marina y convirtiendo en inmensos vertederos flotantes el medio acuático. Es que esos plásticos, degradados y convertidos en diminutos residuos se han incorporado a la cadena alimentaria como parte de los alimentos que extraemos del mar.

En su estudio, la OCU ponía de relieve que en torno al 70% de los productos seleccionados –sal, crustáceos y moluscos- presentaban residuos de microplásticos en su interior, siendo irrelevante su modo de obtención (salvaje o cultivado) y dejando a las claras que la dispersión de estos residuos es absoluta e incontrolable.

Estos microplásticos se caracterizan por ser de un tamaño inferior a los cinco milímetros llegando a ser microscópicos e imperceptibles para la vista. La procedencia de estos residuos puede deberse a la descomposición de envases y bolsas, o puede tener su origen en las denominadas microesferas que se utilizan en productos cosméticos, dentífricos, abrasivos industriales o detergentes para lavavajillas. El problema de esas mencionadas microesferas ya se ha abordado en países como EEUU, donde están prohibidas, o en Reino Unido, Australia y Francia, que estudian tomar medidas, mientras otros miran para otro lado, contribuyendo a los ocho millones de toneladas de residuos plásticos que cada año acaban en ese asqueroso vertedero en que estamos convirtiendo los océanos.

Los efectos para la salud humana de una ingesta continuada de estos microplásticos está por ver, siendo que en especies animales ya están produciendo resultados nocivos, aunque el hecho –de por sí- ya es lo bastante repugnante.

Por otro lado, la misma OCU ha venido a poner el dedo en la llaga sobre el consumo, cada vez más generalizado, de toallitas húmedas supuestamente desechables por el WC. Por los estudios de esta organización, parece ser que no son tan degradables ni resulta en absoluto recomendables arrojarlas por el váter, ya que suelen presentar fibras sintéticas y no se degradan en 48 horas como deberían, contribuyendo a aportar microplásticos al ciclo natural del agua.

A la vista están los atascos monstruosos que empiezan a ser noticia y un quebradero de cabeza para las empresas de saneamiento, dada la tendencia a arrojar todo tipo de toallitas por el retrete, y no solo las que –supuestamente- deberían deshacerse.

Lo peor es que hablar de estas cosas empieza a convertirse en un mantra insulso que nadie parece tomarse demasiado en serio en ese absurdo convencimiento de que, antes de la hecatombe, alguien pondrá remedio, cuando la realidad es que el remedio vendría –aunque solo en parte- de un consumo más racional, más consciente y responsable, y más sostenible.

La teoría nos la sabemos todos, pero en la práctica cateamos sin remedio, y los damnificados somos los pasajeros de nuestra sufrida piedra planetaria, o lo que quede de ella…

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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