Repensando la Madrugá
06/12/2017

Parece que el teórico arreglo de la Madrugada no ha terminado de cuajar entre quienes tienen que garantizar la seguridad de una joya tan sensible y tan maltratada como es la noche más universalmente famosa de nuestra ciudad.

Por un lado, entre los propios protagonistas del acuerdo alcanzado, ya ha habido públicas disensiones que dejan en mal lugar el presunto consenso retórico con el que se suelen presentar estos apaños que históricamente han diseñado nuestra Fiesta Mayor. Por otro, las autoridades municipales se mantienen a la expectativa, posiblemente repensándose si tal asunto, que ya ha puesto en grave riesgo la seguridad de las personas en un escaparate mundial, pueden dejarse en esas bienintencionadas manos, pero tan amateurs en tan delicada cuestión.

El tema es que, probablemente, estemos hablando de dos problemas interconectados, pero bien diferenciados y de muy diferente alcance y trascendencia, pese a que confluyan en el mismo contexto espacio-temporal.

Está claro que los aspectos relativos a los recorridos de las cofradías han quedado secularmente en el ámbito de su autorregulación. Aunque en los últimos años el CECOP ha permanecido especialmente atento a la organización de los itinerarios de la jornada más compleja y multitudinaria, llamando la atención sobre algún grosero desajuste horario susceptible de montar una asfixiante pescadilla.

El problema es que la cuestión a día de hoy no es solventar un potencial retraso en la Carrera Oficial, ni un parón destemplado y rompelumbares, algo a lo que sin duda contribuirá el pacto de las cofradías “por un solo año”. Esa –afortunadamente- quizás siga siendo la preocupación de otras jornadas, conflictivas pero en las que la noche, el alcohol e incluso el terror no hayan campado a sus anchas, como ha venido ocurriendo desde el año 2000 en la noche del Viernes Santo.

La cuestión es que el diagnóstico y el alcance del problema gordo supera con creces las buenas intenciones de mesa de pescaíto y cruzcampo de botellín –que también han sido puestas en solfa por algún hermano mayor que se ha sentido perjudicado-, y las soluciones ya, ni digamos… El problema serio juega en otra división, una para la que no preparan los cursillos de formación para oficiales que organiza la Delegación Diocesana.

Evidentemente, evitar ese impenetrable anillo nazareno que convierte el cogollo del centro en una ratonera, debe servir para alcanzar una mayor tranquilidad en cuanto a facilitar las vías de evacuación llegado el momento –el Señor no lo permita- de una nueva noche toledana. Y en eso es cierto que algo se gana con el sacrificio de extender los metros a recorrer por varios de los cortejos procesionales, dispersando las aglomeraciones. Desde luego, sería una solución si el único problema fueran esos parones que tanto preocupan en cualquier otro día de la Semana grande, y en tal sentido habría que congratularse del fraternal consenso. Pero la amenaza fantasma es otra bien diferente. Y esa, que difícilmente se soluciona sobre el plano del callejero, da miedo…

Le toca ahora a los responsables de la seguridad ciudadana mover ficha, y no debe ser plato de gusto estar en el pellejo de los que asumen tamaña responsabilidad en estos tiempos de terror a las masas y a los que pueden aprovecharlas para horribles fines. En ese contexto, resulta comprensible que –dada la naturaleza de nuestra celebración- el técnico de turno sueñe con una imperial borrasca atlántica que deje los santos en sus templos de Viernes de Dolores a Domingo de Resurrección. Pero, evidentemente, esa tampoco es la solución, aun siendo conscientes de que nuestra universal Fiesta no hay plan de protección que la blinde con certeza.

Ni cambios de recorrido, ni vallitas en zonas de aglomeración para limitar aún más la movilidad, son panaceas para sacar el miedo del cuerpo para evitar que mucha gente de bien se quede en su casa esa noche. Y, paradógicamente, que esa gente se quede viendo La Campana, desde su sofá, en una televisión local quizás sea el único modo de recobrar la calma… y perder la Madrugada.

Complicado todo, aunque la Delegación Municipal de Cabrera seguro que va más avanzada en su tarea que los principales protagonistas en la suya. La cuestión, a lo mejor, no es que amanezca antes –que este año con el cambio horario tampoco- sino salir después, reforzar la presencia policial en la calle, y –sobre todo- realizar una labor de inteligencia, que sin duda debe existir, pero que no parece haber lucido en años anteriores, por si existe algo más que una reacción en cadena.

Nos jugamos la Madrugada y con ello buena parte de la Semana Santa como reclamo de fuerza mundial, así que merece la pena ir varios pasos más allá.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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