Supermercados virtuales
31/01/2018

No por tecnológicamente previsible, el último invento de Amazon ha dejado de ser un auténtico arreón en materia comercial, con visos de revolucionar el mercado y transformarlo hasta extremos difícilmente imaginables no hace tanto.

Para que se hagan una idea, se trata de un supermercado en el que el cliente queda digitalmente identificado al acceder a través de una aplicación en su teléfono móvil. A partir de ahí, unas estanterías inteligentes permiten detectar qué productos se retiran, hacen la cuenta final y la carga en la tarjeta asociada a la aplicación, con lo cual no hay que pasar por caja, aligerando notablemente el proceso. Vamos, lo que de toda la vida viene siendo entrar en la cocina de tu madre, llevarte los tupper y algo más y hacer un destrozo.

Es decir, una vez identificado el cliente en el acceso, coge lo que quiera de los lineales, lo introduce en su bolsa o en su carrito y se va… la gente que probaba el primer establecimiento de este tipo, abierto en la ciudad norteamericana de Seattle, decía sentirse como si estuviera robando, pero nada de eso: tal y como sale del establecimiento, el cargo ya está hecho en su cuenta, teóricamente por el importe exacto de la compra realizada.

De trabajadores, la cosa se queda cortita, reduciéndose a lo sucinto para atender las posibles incidencias, que sin duda habrán de darse en estos experimentos tan novedosos, aparte de evitar –imagino- la picaresca que sin duda surgirá al pairo de un sistema tan aparentemente abierto. Falsa impresión… según dicen, un complejo sistema con múltiples cámaras lo controla absolutamente todo, aunque no sé si será capaz de seguir a un indeciso patológico como yo, capaz de coger y soltar un artículo siete veces para terminar llevándome el de al lado… o ninguno.

Al margen de que es difícil asimilar que esta tecnología sea tan precisa y eficaz –que, sin duda lo será cuando el mayor vendedor minorista de España y, probablemente del mundo se la plantea-, lo cierto es que se constata más marcada la deriva del mercado hacia productos y servicios cada vez más desatendidos. Cierto es que ésta es una dinámica natural, desde el punto y hora que el consumidor lleva décadas orientando sus preferencias hacia el modelo de venta “sírvase usted mismo”, con lo cual no es extraño que pasemos del “cóbrese usted mismo” que ya existía en algunas cadenas de hipermercados al “váyase usted tranquilo que ya, si eso, nos cobramos nosotros”.

Pero lo cierto es que se ha perdido el aprecio por la atención comercial, por el asesoramiento especializado y por el servicio personalizado al cliente… o, al menos, no parece que el consumidor lo priorice demasiado en sus elecciones de proveedores cuando el futuro apuesta por este tipo de formatos, que deshumanizan cada vez más la experiencia de compra. Visto el crecimiento imparable del comercio electrónico y como esta empresa ha desbancado a los operadores comerciales tradicionales, hay que pensar que las fórmulas comerciales de toda la vida lo van a tener muy crudo con unas nuevas generaciones que anteponen agilidad, accesibilidad y conectividad a cualquier otro de los valores y principios en los que se asientan las fórmulas convencionales.

Al final, parece que todo el futuro se condensa en las aplicaciones de la tecnología móvil, de modo que no será difícil que la próxima por estos medios se haga desde el móvil, se pague igual y se reciba mediante un dron en la ubicación exacta en que el terminal se encuentre.

Y es que las ciencias adelantan que es una barbaridad… anda que no.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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