Tomando las calles
06/06/2018

Está claro que una vez más, lo vamos a petar… Como cada primavera, vuelven a levantarse las voces apremiando sobre los excesos de actividades cofrades, o pseudo-cofrades, que toman las calles y acaparan los escasos recursos de seguridad con los que cuenta nuestra Ciudad. Esto último no lo digo yo, lo dicen los propios responsables municipales que cifran en unos trescientos agentes el déficit estructural de nuestra policía local. Sin embargo, se trata de una evidencia que está en la base del problema pero que no es la única causa de la cuestión que nos atañe.

Nuevamente se cuentan por varias decenas los eventos que cualquier fin de semana de mayo o junio que colapsan la capacidad de respuesta de los servicios municipales, llegando a dejar desatendidos los distritos y otros servicios públicos a causa de los cortes de tráfico intrínsecos a cualquier procesión que se lanza a la vía a dar testimonio de nuestras creencias, nuestras tradiciones o nuestros legítimos caprichos de jugar a los pasitos.

Contar el número de eventos de esta naturaleza empieza a ser un peligroso divertimento que, sin menoscabo de la objetividad de la información periodística, levanta ya algunas ampollas… y no solo entre los habituales detractores de la genética deriva capillil de nuestra vida social, sino también de quienes, perteneciendo a la casta más rancia y sevillánica, lo ven como muestra de un desvarío que parece habérsenos ido de las manos.

Porque no hablamos de las históricas y asentadas procesiones sacramentales, de Gloria y Rocío, que ya son bastantes, y a las que se suman rosarios y cortejos eucarísticos de nuevo cuño con muchos más participantes que espectadores, sino de la proliferación de procesiones “civiles” (piratas, que dicen los puristas), cruces de mayo de hermandades y asociaciones con “niños” que llevan una década afeitándose, y otros saraos pseudosacros. Vamos, pa jartarse, siendo de los que disfrutan con este tipo de cosas hasta el empacho… y para morirse de un sopitipando si eres de los que les salen ronchas y se les coge el tic en el ojo cada vez que escuchas un tambor u oyes un cohete (que de eso ya hablaremos… otra vez).

Cuando algún residente del centro se queja de tanto porrompompón, calles cortadas y dificultades para acceder a su domicilio, se le casca un “esto es Sevilla miarma, aquí hay que morir, así que es lo que hay y si no te gusta vete a vivir a Amberes…”.

Luego nos quejaremos de levantar ciertas animadversiones, cuando, de jartibles que somos, volvemos iconoclasta hasta al muñidor de la Mortaja. Que sí, que muy bien lo de fomentar la cantera de jóvenes cofrades –aunque alguno ya debutara con picadores en tiempos del Paitente-, muy bien lo de sacar nuestras tradiciones a la calle –aunque alguna se haya parido en el ambigú de la casahermandad hace quince meses-, muy bien lo de ambientar las noches primaverales de nuestra ciudad con la esencia de nuestro arte decorando cruces… pero algún término medio debe haber para que el resto de la ciudad conserve el pulso sin desquiciarse.

Al final nos extrañará y hasta escandalizará -al sevillano modo, por supuesto- que haya que recurrir a imponer tasas que cubran los costes de los servicios públicos demandados y pongan coto a los excesos injustificables, aunque entonces tendremos cuarto y mitad de polémica, sobre todo si lo impone un gobierno de izquierdas al que se le pueda tachar de anticlerical.

Y eso que en Hispalis siempre hemos presumido del sentido de la medida, pero es que, de un tiempo a esta parte es la desmesura la que se ha hecho parte de nuestra idiosincracia, campando donde antes reinaba la gracia y la proporción.

De ahí al parque temático para los miles de turistas que arrastran trolleys por las Setas, hay un paso…. Sí, otro… otro paso.

José Carlos Cutiño
Abogado Experto en Consumo
@jccutino

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