Tres décadas regalando esperanza en el Buen Fin

Marta Franco - 27/03/2013 09:35:25

La Hermandad del Buen Fin puede presumir de tener una de los proyectos de ayuda social más loables de las corporaciones sevillanas Y también, de los más antiguos. Hace ya 30 años que puso en marcha el Centro de Estimulación Precoz, para el tratamiento de niños nacidos con algún tipo de discapacidad física o psicológica y cuyas familias no pudieran costearse un centro privado. Lo que empezó en un cuartito pequeño con sólo 4 niños es ahora un gran centro en proyecto de crecimiento donde se atiende a 300 niños.

“Yo creo que somos los decanos en las obras asistenciales porque de este tipo de proyectos no hay otro similar que tenga 30 años”, cuenta a Sevilla Directo Javier Vega de la Peña, director del Centro desde hace 17 años. “Desde hace unos años para acá el Centro de Estimulación Precoz se ha dado más a conocer, ahora suena mucho porque es un tema muy sensible”. Acompañamos a Javier en una visita a las instalaciones de un lugar que es como un hogar, porque se nota la familiaridad, la cercanía de los monitores con los niños, y porque no faltan el cariño, los abrazos, las sonrisas, los juegos… Y los pasillos lucen repletos de incontables placas, diplomas y distinciones entregados por distintas entidades al Centro en reconocimiento a su labor.

Javier Vega en la entrada del Centro de Estimulación Precoz, presidida por las fotos de los titulares de la Hermandad

Los pequeños reciben tratamiento desde los 0 a los 6 años. Reciben a pequeños con afectaciones neurológicas como Síndrome de Down, de West o de Asperger, hidrocefalia o espina bífida. También se trata a niños con trastornos generales del comportamiento, como autismo, niños autoagresivos, inadaptados socialmente o con problemas del desarrollo (que tardan en hablar, por ejemplo). Éstos últimos son los que llegan un poco más mayorcitos, ya que estos problemas se detectan más tarde, cuando el niño empieza a hablar y a relacionarse con los demás.

El centro tiene abiertas sus puertas todo el día, de 8:00 a 21:30 y en él trabajan 12 profesionales que son psicólogos, fisioterapeutas, logopedas y especialistas en Atención Temprana. Yolanda Sotelo es la coordinadora. “Aquí damos tratamiento individualizado a cada niño. Reciben tratamiento durante una hora y los padres están presentes para que luego ellos en casa sepan qué hacer y cómo estimularles”, cuenta mientras prepara un aula para recibir a otro niño.

Cada niño es atendido según su caso y sus necesidades. “Los pequeños con afectaciones en el sistema motor tienen un tratamiento complementario de fisioterapia para desarrollar sus músculos”, dice Javier, “”y los que tienen problemas en el habla, por ejemplo, sólo reciben logopedia”. Asegura este hermano del Buen Fin que la mayor satisfacción es ver cómo van evolucionando. “No es que vayamos a curarlos pero sí mejorarlos, les ayudamos a conseguir más autonomía, que pueda realizar tareas, que sea capaz de desenvolverse en la sociedad”. En esto coinciden todos los especialistas, como Amalia, una de las más veteranas del centro y especialista en Atención Temprana. “Llevo aquí 22 añosy sigo emocionándome al ver cómo evolucionan. Lo mejor es ver cómo llegan con apenas un mes y que cuando se van con 6 años son otros, y eso que el médico a lo mejor no daba un duro por ellos. Aquí los padres tienen la esperanza al menos de que mejoren. Lo peor, cuando se van, claro, porque les has cogido mucho cariño”, dice mirando con ternura a Rafa, de 5 años, el niño que está atendiendo en esos momentos.

Rafa realizando sus actividades bajo las indicaciones de Amalia, especialista en Atención Temprana

Para este trabajo se necesita, además de vocación, mucha paciencia, porque los resultados no se ven el primer día. “Por ejemplo, te puedes llevar tres años para conseguir que el niño consiga mantener la cabecita, o en el caso de Rafa, que tiene problemas en el desarrollo, llegó aquí sin apenas hablar y ahora ¡ya es todo un charlatán y no para de moverse!”, añade sonriendo al pequeño bajo la cómplice mirada de su padre. Un poco más allá, en el pasillo, el pequeño Brian está aprendiendo a caminar y ya arrastra un correpasillos él sólo. Sus padres, muy jóvenes, aseguran “estar muy contentos de que puedan atender aquí a nuestro hijo porque no nos podíamos permitir un centro privado.Aquí Brian ha mejorado muchísimo”.

¿Y cómo se financia una labor tan importante? El presupuesto anual no es baladí, 300.000 euros al año. Y es que, para que no les cueste nada a los padres de los niños se necesita una cantidad considerable. Para conseguirla, hay varias vías, según cuenta su director. “Por un lado, con parte de los fondos de la Hermandad del Buen Fin, luego tenemos unos socios o patronos, que son instituciones o personas ajenas a la Hermandad que apoyan el Centro con el donativo que quieran, y también contamos con el apoyo habitual de instituciones como la Orden de San Clamente, la Fundación Andrés Villacieros y la Real Maestranza de Caballería”. Además, cada año, el Centro solicita una de las subvenciones que saca a concurso la Junta de Andalucía para este tipo de obras sociales, “y gracias a Dios no la conceden cada año, así que vamos tirando”, apunta Javier.

Las fotos de los niños que han pasado por el centro llenan paredes y muebles

El proyecto de futuro más inmediato del Centro de Estimulación Precoz pasa por trasladarse, a ser posible este año, al antiguo convento franciscano, del siglo XVIII, donde se ubica la Hermandad, en la Calle San Vicente. “En estas instalaciones llevamos desde 1993 y aunque se reformaron en 2003 ya se nos han quedado pequeñas”, dice Javier. Quieren hacer más salas para dar mayor peso a las actividades por la mañana y así cambiar los turnos. “Como la obra que tenemos que hacer no es demasiado grande, espero que podamos trasladarnos antes de final de año”.  Ahora Javier está intentando obtener del Ayuntamiento de Sevilla alguna ayuda. “Estamos en reuniones con Urbanismo, Hacienda y el Distrito, a ver si nos echan una mano con los obras”.

En estos 30 años, unos 1.800 niños han pasado por aquí. Y siempre queda algo de ellos. Las paredes de las aulas lo confirman: están llenas de fotos que los niños han dedicado con cariño a sus monitores una vez que se fueron, para que siempre les recuerden.

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