SEFF | CRÍTICA

Un juguetón triple salto de metacine

Sevilla Directo - 13/11/2015 15:36:26
tiempo de los monstruos
Adrián González analiza 'El tiempo de los monstruos' presentada en el XII Festival de Cine Europeo de Sevilla fuera de concurso.  

“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Con esta cita de Gramsci se abre El tiempo de los monstruos, sorprendente nuevo trabajo en la dirección de Félix Sabroso, al que la vida le ha hecho tener que debutar en solitario tras una vida (profesional) compartiendo labores con Dunia Ayaso, fallecida el año pasado. A Dunia está dedicada con todo el amor y dolor esta compleja historia, para la cual la acepción “cine-dentro-del-cine” se queda corta, ya que parece requerir una vuelta de sentido más profunda. Y “sentido” es una palabra primordial para tratar de entender del todo la propuesta, algo difícil de hacer tras un único visionado. El texto que sigue, por lo tanto, es una suerte de esbozo, un primer intento de desentrañar El tiempo de los monstruos, film que desde ya cuenta con todas mis simpatías porque Sabroso arriesga como nunca, y eso es loable siempre. Su naturaleza insólita y lo laberíntico de su desarrollo la hacen una historia irresistible para cualquier espectador que busque un desafío.

Tras el duro golpe personal, Sabroso rodó cinco meses después este proyecto, homenaje al cine y a los que lo hacen, a los que lo viven. Porque ese es a grandes rasgos el argumento de El tiempo de los monstruos, el cine que es vida y la vida según las reglas del cine. La historia comienza cuando el director de cine Víctor y su esposa Clara convocan en su mansión a su habitual troupe de colaboradores: el guionista Raúl, su pareja y artista Virginia y la actriz Andrea, que aparece con su novio de turno, Jorge, un mecánico dental. O “el nuevo personaje”, que lo llaman todos. En la casa además sirven Marta y Fabián, dúo que administra el hogar y el ánimo de sus habitantes con mucha distancia irónica, y que son lo que más en control están de toda la situación. Víctor está enfermo, y antes de morir quiere hacer una última película, que Raúl y él han desarrollado previamente. Esa primera escena, en la que director y guionista trabajan en la presentación de los personajes, contiene la que será la primera de las muchas libertades narrativas que Sabroso se toma (cuando hace que los personajes se muevan en orden a la voz en off), y marcará el tono de lo que nos espera en poco más de 90 minutos de metraje.

Una vez se eleve la primera metarreferencia, el resto del tiempo nos adentraremos en un juego que tiene la infinita gracia de contar con una suerte de autoconciencia. Vemos a personajes que se empiezan a plantear si son eso mismo, personajes, y vemos tomas, ángulos y encuadres con otra cara. La insatisfacción personal que experimentan la mayoría de estos intérpretes disfrazados (con la importante excepción del personaje de Jorge, todos llevan algún añadido capilar) les lleva de repente a cuestionarse su propia existencia, en un juego que a veces parece Canino, otras El ángel exterminador y otras Synecdoche, Nueva York. Pero referencias aparte, y sin desvelar más de una trama que es mejor experimentar por uno mismo, la cinta se constituye en una estimulante y personal exploración de la capacidad del cine para cuestionarse a sí mismo, a sus mecanismos. Y lo mejor de todo es que lo hace con un look impecable (ese uso de los colores) y una sonrisa en la cara.

España, 2015. Dirección y guión: Félix Sabroso. Reparto: Javier Cámara, Carmen Machi, Candela Peña, Julián López, Pilar Castro, Secun de la Rosa, Yaël Barnatán, Jorge Monje, Antonia San Juan. Fotografía: David Azcano. Música: Daniel Belardinelli. Duración: 97 minutos.

Valoración: ***

Extraordinaria | *****
Notable | ****
Buena | ***
Correcta | **
Mala |*

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